Millorar l'ensenyament a l'aula: la clau que ignora el sistema

“Nens en una aula participant en una activitat guiada pel docent”

Mejorar la enseñanza en el aula: por qué el “cómo” pesa más que el “qué”.

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Si de verdad queremos mejorar la enseñanza en el aula, no basta con cambiar el temario: hay que mirar el acto real de enseñar. En educación solemos hablar de lo que se enseña como si el aprendizaje fuese una consecuencia automática del contenido. Cambiamos temarios, añadimos competencias, actualizamos decretos y, cuando algo no funciona, volvemos a tocar el mapa. Sin embargo, el aula no es un documento: es un lugar donde una mente decide —o no— moverse. Por eso, antes de preguntarnos si el currículo es moderno o si la evaluación es justa, conviene hacer una pregunta más incómoda y más real: ¿qué estamos haciendo para que el conocimiento se vuelva deseable, comprensible y posible?

Mejorar la enseñanza en el aula: las 3 variables que sí podemos tocar

Si reducimos el sistema a sus palancas principales, aparecen tres variables que sí podemos influir. La primera es el currículo: lo que se enseña. La segunda es la enseñanza: cómo se enseña. La tercera es la evaluación: cómo comprobamos si lo enseñado ha sido realmente aprendido. El problema no es que estas tres variables existan; el problema es el orden mental con el que las tratamos. En la práctica, el sistema se obsesiona con la primera y la tercera. Decidimos contenidos y medimos resultados. Pero dejamos en segundo plano la variable que, en realidad, decide el resultado desde el minuto uno: la calidad del acto de enseñar.

“Cuando hablamos de mejorar la enseñanza en el aula, hablamos de atención, ritmo, claridad y significado; no de hacer más, sino de enseñar mejor.”

Dar contenido no es enseñar. Dar contenido es exponer información. Enseñar es lograr que esa información se transforme en comprensión, en habilidad, en criterio ia transferencia a la vida real. Y eso no sucede por acumulación, sino por construcción. La enseñanza es el puente entre un concepto y una persona; y un puente no se sostiene solo con “lo que hay que dar”, sino con el modo en que se acompaña, se explica, se encarna y se vuelve significativo.

Aquí aparece algo que el sistema suele evitar porque incomoda: enseñar tiene una dimensión de arte. No arte como espectáculo, sino arte como forma. Como presencia. Como capacidad de sostener la atención sin violencia, de abrir curiosidad sin manipulación, de convertir una idea abstracta en experiència. Por eso el teatro es una metáfora tan precisa. El teatro no “explica” una emoción: la hace vivible. Y la buena enseñanza no “explica” un concepto: lo vuelve habitable. El alumno no aprende solo por lo que oye; aprende por lo que el docente logra activar dentro de él.

Millorar l'ensenyament a l'aula: la clau que ignora el sistema

La enseñanza no es un trámite entre currículo y examen: es el acto que enciende el deseo de comprender.

Cuando ignoramos esta dimensión, ocurre lo que ya estamos viendo: currículos cada vez más cargados, evaluaciones cada vez más frecuentes, alumnado cada vez más desconectado y docentes cada vez más quemados. Y entonces buscamos culpables individuales. Señalamos al alumno “desmotivado”, a la familia “ausente” o al profesor “poco innovador”. Pero el núcleo es sistémico: hemos convertido la educación en un circuito de contenido + control, y hemos debilitado el corazón del proceso, que es el encuentro humano donde alguien transmite algo con sentido.

La pasión —bien entendida— no es un adorno. Es una vía de acceso. No porque el docente tenga que “entretener”, sino porque sin emoción no hay atenció sostinguda, y sin atención sostenida no hay aprendizaje estable. La pasión es la forma visible del significado. Es lo que le dice al alumno: “esto importa”. Y cuando algo importa, el esfuerzo deja de ser castigo y se vuelve dirección.

Mejorar la enseñanza en el aula exige una decisión incómoda: dejar de medir solo resultados y empezar a cuidar el proceso.”

Cómo mejorar la enseñanza en el aula sin caer en “más contenido” y “más control”

Si quisiéramos reordenar prioridades para obtener resultados reales, el orden debería ser otro. Primero, definir lo esencial: menos, pero mejor. Después, invertir en enseñanza: formación real en didáctica, comunicació, neurodesarrollo y en el arte de explicar. Y por último, evaluar para ajustar, no para castigar. La evaluación debería ser un mirall que mejora la enseñanza, no un martillo que etiqueta al alumno.

“El problema es que el sistema discute currículum y evaluación, pero si queremos mejorar la enseñanza en el aula, la palanca real está en la didáctica.”

Porque, al final, enseñar no es transferir información. Enseñar es movilizar. Abrir una puerta interna para que el alumno quiera entrar. Y si de verdad queremos transformar la educación, la pregunta no es “¿hemos dado el temario?”. La pregunta es otra, mucho más exigente: ¿hemos logrado que esa mente, hoy, tenga más ganas de aprender que ayer?

Si eres docente, terapeuta o familia, quizá este texto te deja una incomodidad útil: no basta con “cubrir contenido” ni con “medir resultados” si el acto de enseñar no está vivo. Y esa vida no es show: es presencia, intención, forma de explicar, ritme, mirada, arte. Y sí: mejorar la enseñanza en el aula empieza por ahí, por el “cómo” que sostenemos cada día.

Te invito a hacer tres cosas: reflexionar, compartir y, si lo necesitas, contactar. Reflexionar: ¿qué parte de tu práctica está más cuidada, el “qué” o el “cómo”? Compartir: envíalo a ese equipo que está atrapado en el bucle de temario–examen. Y si quieres que lo bajemos a tierra (diseño de intervención, estructura de enseñanza, acompañamiento a equipos o familias), escriu-me per WhatsApp: a veces una conversación bien guiada cambia más que diez reuniones.

Cristina Oroz Baix
Fundadora de Mètode VICÓ, Presidenta de la Associació d'Ajuda per a Nens amb Discapacitat (AAND) i CEO de Jo També Leo.
Democratitzant metodologies educatives inclusives.

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