El lenguaje no se enseña: se construye (y eso lo cambia todo)

Adulto y niño en una interacción tranquila que favorece el desarrollo del lenguaje infantil

Cuando dejamos de perseguir palabras y empezamos a construir un puente, la comunicación cambia de dirección.

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Desarrollo del lenguaje infantil: decimos “lenguaje” y casi siempre pensamos en palabras. En pronunciación. En vocabulario. En ese momento tan esperado en el que un niño dice “mamá” y el mundo se ordena, por fin, alrededor de una evidencia: “ya habla”. Pero el lenguaje es anterior a la palabra y más grande que ella. Es una forma de estar en el mundo. Es el sistema con el que convertimos experiencia en significado y significado en vínculo. Por eso, cuando un niño tiene dificultades para comunicarse, el problema rara vez es solo “no dice”. El problema suele ser más profundo: no encuentra un puente estable entre lo que siente, lo que entiende y lo que el entorno le exige.

Aquí aparece una paradoja que, si la miramos de frente, cambia la intervención: los padres no “enseñan a hablar” como quien enseña matemáticas. No hay un programa semanal, ni una rúbrica, ni un examen. Y aun así el lenguaje aparece en la mayoría de los casos. ¿Por qué? Porque el lenguaje no se instala por instrucción, se construye por participación. Un niño aprende lenguaje cuando vive dentro de un ecosistema donde alguien le mira, alguien le espera, alguien interpreta sus intentos y alguien responde con sentido. Cuando hablamos de desarrollo del lenguaje infantil hablamos de niños que aprenden porque su comunicación tiene consecuencias: pedir sirve, señalar sirve, mirar sirve, acercarse sirve. Y cuando algo “sirve”, el cerebro insiste.

El problema es que, sin darnos cuenta, muchas veces enseñamos otro idioma: el idioma del rendimiento. Preguntamos para comprobar, no para entender. Repetimos para forzar, no para invitar. Corregimos cada intento y, con esa corrección constante, el niño aprende una lección silenciosa: comunicarse es arriesgado. Entonces aparecen conductas que el adulto interpreta como “no quiere”: evitación, frustración, desconexión, ecolalias sin intención, rabietas. Pero muchas veces no es falta de ganas; es falta de seguridad y de ritmo.

El lenguaje no se enseña: se construye (y eso lo cambia todo)
El lenguaje no se fuerza con listas de palabras: se construye cuando el niño se siente mirado, comprendido y seguro para intentar comunicarse. La pausa y el turno lo cambian todo: cuando el adulto espera sin presión y responde al intento, el niño descubre que comunicar tiene sentido.

En el desarrollo del lenguaje infantil la palabra llega cuando el niño siente que su comunicación tiene un lugar seguro donde caer.

Por eso “enseñar lenguaje” no debería significar “hacer que repita palabras”, sino crear condiciones para que la intención comunicativa sea posible. La pausa —una pausa real— es una herramienta terapéutica: sin pausa no hay turno. La oportunidad también lo es: si lo anticipamos todo, el niño no necesita participar. Y la validación del intento es el cimiento: cuando respondemos a una mirada, a un gesto, a una vocalización, le estamos diciendo al niño “tu voz existe”, aunque todavía no sea verbal. Ese mensaje es más potente que cualquier lista de vocabulario cuando hablamos de desarrollo del lenguaje infantil.

La pregunta profunda, entonces, no es “¿qué palabras le enseño?”, sino “¿qué lenguaje le estoy enseñando sin darme cuenta?”. ¿Un lenguaje para pedir, pero no para compartir? ¿Un lenguaje para obedecer, pero no para decidir? ¿Un lenguaje para rendir, pero no para vincularse? Porque el lenguaje no solo nombra el mundo: también define el lugar que una persona ocupa en él.

Si tuviera que cerrar con una idea, sería esta: en desarrollo del lenguaje infantil no se trata de enseñar a hablar; se trata de enseñar que comunicar vale la pena. Y cuando el lenguaje no aparece de forma natural, no es un fracaso de la familia: es una señal de que hace falta estructura, modelos claros, repetición terapéutica y un entorno que sostenga. En Método VICON trabajamos precisamente ahí: en construir el puente para que el niño no solo “diga”, sino que pueda pedir, compartir, regularse y crecer.

Si este artículo de desarrollo del lenguaje infantil te ha removido, te propongo algo sencillo: mira hoy una interacción y pregúntate si estás buscando palabras o construyendo puente. A veces el cambio más grande no es “hacer más”, sino hacer distinto: esperar un segundo más, validar un intento, convertir la comunicación en un lugar seguro.

Si quieres, cuéntamelo: ¿qué parte te ha resonado más? Puedes dejar un comentario o compartirlo con esa familia o ese profesional que está en la fase de “lo estamos intentando todo y nada funciona”. Y si necesitas que lo aterricemos a tu caso (nivel, objetivos, estrategias y estructura), escríbeme por WhatsApp

Cristina Oroz Bajo
Fundadora de Método VICON, Presidenta de la Asociación de Ayuda para Niños con Discapacidad (AAND) y CEO de Yo También Leo.
Democratizando metodologías educativas inclusivas.

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